Médicos del Mundo va relevando sus equipos en Haití, mientras finaliza la primera fase de emergencia y se planifican eventuales proyectos a medio y largo plazo para la reconstrucción. Manuel Muñoz Martínez, Magüé, coordinador médico, nos hace llegar sus impresiones en la primera semana de trabajo en el devastado país.
Un avión de la ONU nos dejó sobre el recalentado asfaltado del aeropuerto de Puerto Príncipe. Las primeras sensaciones fueron de inquietud. Cascos azules chilenos custodian el aeropuerto, pasillos de alambrada para salir de él.
Al llegar a la casa de Puerto Príncipe, las primeras palabras se las dirigí, no por casualidad, a nuestro logista en Puerto Príncipe, viejo compañero mío de Médicos del Mundo en Chad. De allí tuvieron que evacuarnos cuando el intento del golpe de Estado de 2006. Persona austera, de mente despierta y buen manejador de los silencios, cuando le pregunté, me dijo: “Magüé, esto está tranquilo”. Dado lo andado juntos, sus escuetas palabras me tranquilizaron.
Al día siguiente, con el amanecer -única forma de evitar los desesperantes atascos de la salida de la ciudad-, salimos hacia Petit Goâve. Desde la distante ventana del 4x4, se me van clavando las miradas con puntos de interrogación de los viandantes. Pasamos por el mercado, una perversa amalgama de chabolas, tenderetes, barro y aire gris por la mala combustión del carburante del atasco.
La lluvia de anoche hace enmudecerme más. Mi mirada cae sobre el reflejo de los sucios charcos: una cola de mujeres para el reparto y los indolentes soldados ante la alambrada. El trasiego de almas inciertas rompe esta imagen en espejo. Levanto la mirada hacia el mercado de barro y fruta pasada. Al horizonte, altas colinas invadidas por la anarquía de chabolas. Aun no hemos llegado al suburbio de Carrefour, salida oeste de Puerto Príncipe
Petit Goâve es una ciudad abrazada a una bahía. Si te fijas bien, tras los escombros y casas desmochadas, sus calles principales dejan entrever un aire colonial.
Nuestra llegada ha coincidido con los tres días de luto nacional. Hace un mes del terremoto, y las replicas continúan. Las gentes se resisten a dormir en sus casas por miedo. Estos tres días los han pasado reunidos según sus diferentes Iglesias, cantando y pidiendo el perdón de Dios. No son cantos compungidos, sino llenos de fuerza.
El pasado domingo mientras ocupaba mi mente intentando organizar los datos del cluster, briefing y hand over, desde la calle me llega un son in crescendo que me envuelve. Me voy al portón. La calle está tomada por sus gentes. Cantos de un pasacalles, llenos de ritmo y contagioso entusiasmo. El sudor de la noche y el baile se hace uno con el ritmo afrocaribeño. Predominan las voces femeninas.
En la oscuridad solo aprecio el vivo color de sus gastados vestidos. El canto y las manos se dirigen hacia el cielo. Tras el portón de hierro presencio un éxtasis colectivo. Mi primer impulso me pedía vencer el portón, quitarme la camiseta, alzar los brazos, mezclar mi sudor, compartir esta vitalista catarsis con ellos.